Como cada mañana, sonó el despertador antes del alba. Ya era un hábito para mí, ciertamente madrugaba mucho. Lograr mi objetivo requería perseverancia y sacrificio. Mi cuerpo debía estar en forma.
Nadie podía saber a dónde iba y que hacía. Estaba mal visto que una señorita saliera sola. Debía levantarme temprano, justo antes de que la luz del amanecer pudiera desvelar mi secreto.
Me vestí acorde para correr; unas zapatillas, pantalón ligero, camiseta ancha y una gorra que ocultase bien mi cabeza.
De este modo, con la ayuda de la noche, difícilmente podían descubrirme. Sola, en silencio, tan solo acompañada por el ruido sistemático de mis zapatillas sobre el asfalto, me preparaba, día tras día, para la prueba final.
Debía correr la gran carrera “La San Silvestre Salmantina”, ganarla y allí ante todos, descubrirme como una mujer.