Comenzaba la San Silvestre salmantina 2025. Adela Gollenalde corría en medio del grupo corredor, pero se sentía invisible, sintiendo la ciudad latiendo extraña bajo sus pies.
Al llegar a la Catedral, el suelo vibró: una grieta se abrió entre los adoquines. De ella emergió un susurro, como si las voces del subsuelo cantaran.
Los demás corredores no parecían oírlo; seguían corriendo, sonrientes, como si fueran con la mirada perdida.
Adela se detuvo, aterrada. Un corredor la alcanzó y le gritó:
—No te pares, o el tiempo no lo recuperas.
Siguió corriendo. La grieta la persiguió hasta la meta. Cruzó el arco de llegada y cayó de rodillas. Todo volvió a la normalidad: luces, aplausos, risas.
Buscó su nombre en la pantalla de tiempos… pero no aparecía.
Cuando, en la entrega de premios se oyó por la megafonía.
Hoy recordamos a Adela Gollenalde que falleció en la San Silvestre de 1924.