Lo cuento todos los años, pero nadie me cree: soy el mejor corredor de la falange. Tras la batalla, el estrategos MilcÃades me hizo el urgente encargo. Y hacia acá partÃ, desnudo, como se corre en los Juegos en honor de Zeus OlÃmpico, para recorrer los cien estadios que nos separan de Maraton por caminos desolados, huidos los habitantes por miedo a los persas.
Y siempre me pasa igual. Cuando agotado, turbia la vista, creo distinguir la muralla de mi patria comienzo a escuchar gritos y ruidos extraños. Dos hombres con vestimenta azul, cubiertas las testas por endebles cascos de tela, me toman por los brazos. Otro me echa encima un manto.
—¡Atenienses, hemos vencido! —grito.
—Tranquilo, Vicente.
—FidÃpides, se llama FidÃpides —dice el otro con un guiño—. Anda, campeón, vamos al templo de Atenea como todos los años.
Y en esos momentos, una multitud multicolor cruza ante nosotros.