La vidriera estalló en mil pedazos de colores. Salí veloz, camuflándome entre los corredores de la San Silvestre. No llevaba dorsal, pero avancé tan rápido que no pudieron detenerme. La última vez que le rompí algo a mamá juró ponerme las maletas en la calle. Le pedí paciencia, un científico no se hace en un día. Ella alegó que ya tengo treinta años y que me fuese a experimentar al desierto. Así que del susto comencé a acelerar bañado en sudor, convencido de que sería capaz de alcanzarme. Mientras corría pensaba en cómo excusarme. Tal vez si le regalaba el collar de caracolas que tanto le gustó se calmaría. Ya casi alcanzaba la meta cuando lo vi caer. Se había torcido un tobillo. Lo cargué a la espalda y cruzamos juntos. Era el hermano de mamá. Él la llamó para decirle que yo era un héroe. Uff, por los pelos.

27 DE DICIEMBRE DE 2026