El frío de diciembre me recordaba que ya quedaba menos para acabar la carrera y el año. Estaba dispuesto a ganar por mi abuelo, el que siempre me animaba en todos los aspectos de mi vida.
A mitad del recorrido, me crucé con una amiga a quien no veía desde hacía años. Fuimos charlando y me iba fijando en el ambiente; las luces, las sonrisas, las familias… Cuando quisimos darnos cuenta, éramos de los últimos de la carrera.
En otro momento de mi vida quizás me hubiese sentido decepcionado, pero hoy aprendí que no hace falta ganar siempre o tener trofeos. Para ser feliz, basta con una simple sonrisa o una luz navideña en el Paseo de San Antonio.