Nadie entendió por qué ese corredor se quedaba en la lÃnea de salida, atándose los cordones, como si no hubiese tenido tiempo antes de escuchar el pistoletazo de salida. Aun asÃ, durante el transcurso de la carrera, los demás participantes fueron cayendo uno a uno en el suelo, abatidos por el humo misterioso que un espectador camuflado, con un vestido azul, larga barba blanca y un sombrero puntiagudo, echaba en el agua de los atletas justo antes de llegar a la meta.
Al dÃa siguiente, un niño se acercó al flamante ganador y le dijo:
—Profesor Gabriel, gracias a la cursa de ayer, entendà mejor la fábula de la liebre y la tortuga que cada dÃa nos cuentas en clase.
Y entonces, Gabriel se preguntó qué habrÃa hecho mal. Él solo querÃa demostrarles que el mago MerlÃn existÃa de verdad.