Aquel dÃa se apostó en la terraza y dejó caer sus ojos hacia el enjambre de corredores que a esas horas ocupaba la calzada. TenÃa cincuenta y ocho años y mucho miedo.
– Papá, venga, que no llegamos, no te olvides el teléfono –
Mi padre habÃa entrenado mucho para correr la San Silvestre aquel año. Ganar la batalla al miedo se habÃa convertido en un verdadero reto para él.
Una hora y cinco minutos más tarde, emocionados los dos, cruzamos la META y nos fundimos en un abrazo infinito. El eco de un grito de orgullo sonó en mi corazón. La magia de la San Silvestre habÃa vencido al miedo.
Pero el destino, caprichoso como pocos, tenÃa un último as en la manga y quiso que ese domingo también sonara el teléfono para nuestra eternidad.
– ¿Hipólito Yagüe?, por favor.
– SÃ soy yo.
– Hemos encontrado un donante.