Bajo el frÃo sol de San Silvestre, los atletas atraviesan la ciudad engalanada de navidad. Corren dichosos, sudorosos, orgullosos… triunfantes todos.
Desde lo más alto del campanario de la catedral, una triste cigüeña, sola en el nido, otea la marea de corredores. Sus viejos ojos se confunden: «su bandada ya migra hacia tierras más cálidas», piensa, y, uniéndose al esfuerzo colectivo, se pone en pie sobre sobre sus patas reumáticas, despliega sus cansadas alas, e inicia el vuelo. Desciende despacio, sobrevuela a los participantes más rápidos en sentido inverso, se sitúa a la cola, y los sigue hasta la meta.