Corría como el viento. Era nube de polvo delante de las otras. Cien, doscientos metros, quinientos. En total dos kilómetros que de niña parecen el camino más largo de la tierra. Pero fueron ganándome terreno hasta quedar la última de veintisiete atletas. (Entonces las carreras eran menos, y nosotros muy pocos) Con mi medalla de consolación colgada al cuello, le miré avergonzada, y papá se acercó y no dijo nada. Cogimos nuestras cosas y volvimos a casa. Mamá nos preguntó, «¿qué tal ha ido?». «¿No has visto la medalla?», le respondió mi padre; «otra vez ha ganado la carrera».
Corrí una vez, y otra, y una carrera, y otra. Y mi padre mintió una vez tras otra. Hoy mi padre se ha ido para siempre y he puesto una medalla en su epitafio:
“Ya lo entiendo, papá. Yo aprendía la vida, mientras tú me ensañabas a vivirla.”