Un portazo la despertó. Se levantó de la cama y fue a su habitación. Estaba vacía. ¿Dónde se habría ido un domingo en plenas vacaciones de Navidad? Otro día más con las sábanas por el suelo y sin ventilar su cuarto. ¡Esta muchacha…! ¡Con el frío que hacía!
Se tropezó con un objeto que sobresalía debajo de la mesilla: la caja de cartón de una marca deportiva. La abrió y dentro encontró un tique de compra y el folleto de la San Silvestre. El instinto de una madre la llevó a mirar la hucha de su hija. Estaba vacía. Hoy era la carrera. Sintió que algo había hecho mal. No podía ocultarle una cosa así. Se abrigó y se fue al paseo de San Antonio.
Al cruzar la meta, vio a su madre. Ella le sonrió y la abrazó. Aquellos brazos fueron la medalla más bonita que jamás tendría.