En la oscuridad de la frÃa noche salmantina, Paula, una corredora inquebrantable, se desvanecÃa, sus pasos titubeaban. La San Silvestre parecÃa una ilusión distante, pero su mirada fija en el arco de meta irradiaba un anhelo inquebrantable. A su lado, Carlos, un joven voluntario, sintió la determinación de Paula y, con voz suave, le brindó aliento. «Vamos, estás casi ahÃ, no te rindas».Con lágrimas de esfuerzo y determinación, Paula apretó los dientes, cada paso resonando con la voluntad de vencer. El resplandor de la meta se acercaba, y una multitud se unió para animarla. Cruzó la lÃnea con un último aliento, abrazando a Carlos en gratitud.En ese instante, comprendió que la San Silvestre no solo era una carrera, sino un sÃmbolo de resiliencia y apoyo, donde cada zancada era un paso hacia la esperanza y la superación.