Todo se reduce a aguantar unos metros más; bajar un segundo tu marca; controlar tus zancadas y no perder el ritmo de tu respiración. Pero llega un momento en que tu cuerpo dice basta porque tus pulmones estallan y las piernas se agarrotan. Miras a tu alrededor: todos son más jóvenes y están mejor preparados; sus pies apenas parecen tocar el suelo. Te preguntas entonces por qué no abandonar ya si sabes que no vas a ganar. Qué más da el número que te den cuando cruces la meta: no habrá premio para ti. Pero ahí sigues, hasta el final, aunque tu corazón parezca colapsar. Aunque las pulsaciones se disparen y te falte el aliento. Ves llegar al primero, al segundo… al décimo; y no estás tú. Apagas la televisión agotado, es hora de estirar las piernas.