Alberto no podía más. Acababa de alcanzar la Plaza Mayor de Salamanca, y sabía que aún le quedaban unos pocos kilómetros para terminar el recorrido. El cansancio y el frío eran insoportables. Se había prometido intentar acabar la carrera, pero cada vez veía más difícil conseguirlo. Avanzó con dificultades un poco más, de pronto su pie izquierdo trastabilló con uno de adoquines del suelo, perdió el equilibrio y cayó al empedrado. Desde abajo se maldijo dándose un manotazo en la pierna. Sabía que eso significaba el final de la San Silvestre para él. Se apoyó para levantarse mientras el resto de corredores le iban esquivando, cuando vio una mano tendida al lado de su rostro. >, dijo una joven de su edad, con una gran sonrisa en la cara. Alberto aceptó la ayuda sin dudar, y continuó corriendo hasta la meta.