Nadie supo por qué aquel año se inscribió.
Nunca había corrido; decía que el aire se le escapaba antes de llegar a la esquina. Pero se presentó en la salida con las zapatillas nuevas y un dorsal donde solo ponía un nombre.
Los demás hablaban del ritmo, del frío, de los tiempos. Ella, de aprender a respirar sin temblar. Cada paso era una palabra que no alcanzó a decir, cada curva, una conversación que nunca ocurrió.
En el último kilómetro sintió otra respiración rozando la suya. No miró. Bastó ese pulso duplicado para entender que aún podía seguir.
Cruzó la meta despacio, como quien entrega algo.
El cronómetro marcaba una hora exacta, el aire olía a principio.
Entonces lo comprendió: no corría para llegar, sino para quedarse.