La brisa de la mañana era lo que necesitaba para prevenir la hinchazón interna que se provocada por el humo de la cuidad. La suciedad se impregnaba en la piel sin que ningún aerosol o jabón la quitara, puesto que el dolor era interno. La nariz creaba una mucosidad que contenía el tizne gris de los carros y no permitía respirar con tranquilidad. Mi madre me imploró en muchas ocasiones que no corriera en San Silvestre. Sin embargo, no tenía la menor intención de escuchar. Eran las seis de la mañana y me encontraba sereno, mirando al horizonte pero sin tomarle importancia a mí alrededor. El perro comenzaba a ladrar con tal insistencia. La nuca se arqueó en dirección a los que me perseguían y una ventana se abrió lentamente sobre mi cabeza y el aire que circulaba con lentitud me permitía correr sin detenerme.