Nadie se hace a la idea de la fuerza que confiere a las piernas la necesidad. Ese día, madrugué para llegar la primera. Dejé en la mesa los tres tazones de colacao y el paquete de galletas para cuando se despertaran los críos.
Me calcé las deportivas, unas que había conseguido hacía cuatro años por seis euros. Una ganga irresistible. Plástico puro, pero cuando la necesidad aprieta no hay materiales que se resistan.
Ya en el bulevar San Francisco Javier, me tropecé con la multitud. Si no me apresuraba, esa gente me arrebataría el botín con que soñaba. Eché a correr como una posesa. Tenía que adelantarlos como fuera.
Aún me pregunto por qué me aclamaban tanto y me retenían. La crisis nos había vuelto locos. Con tanto aplauso no atendían a mis explicaciones: necesitaba los abriguitos de aquel escaparate para mis niños y llegar la primera a las rebajas.