Hace mucho que dejé de correr. No recuerdo si fue bajo un cielo con Sol incesante o cargado de nubes; ni siquiera del día en el calendario, menos aun la indumentaria. Uno de los momentos que situaría en los más importantes de mi vida, no lo mantengo en mi memoria. Me hago cada vez más viejo, y la ley de la vejez dicta que el cuerpo y los recuerdos van degenerando, sin tener en cuenta la pasión que tengo por esa inolvidable brisa en la cara, que sólo nosotros conocemos. Sin embargo, no podré olvidar que, a pesar de que nunca sobrevolé el cielo, lo hice sobre la tierra, a ras de suelo; como una flecha recién soltada que nunca decae, bailando con el aire, sintiendo el terreno.
Guarda estas palabras en tu corazón, pequeña liebre risueña: siempre estaré enamorado de la brisa, aunque le diga adiós.