Aunque me había obsesionado todo el año anterior con ganar la ‘Sansil’ salmantina, a medida que doy zancadas más anchas para acercarme a la meta, las venas de mi frente bombean más sangre y mi respiración se hace más pronunciada, noto que mi corazón parece engranarse con la marea de aplausos y gritos de la gente y con los pasos de los otros corredores sobre las piedras –¡estas piedras que han sentido el peso de tantos otros corredores antes!–, y entonces me parece tan claro que la carrera es algo más grande, un canto, un coro, una muestra más de la fuerza, esa palpitación que no es mía y que mueve mis pies. Sonrío, sonrío y apuro el paso, convencido de que, así no quede en primer lugar, ya he ganado, ya he entendido de qué va todo esto.