Dorsal a la espalda, aquel corredor “de complexión recia, seco de carnes y enjuto de rostroâ€, más que participar en la Sansil, parecÃa sacado “exprofeso†de alguna novela antigua. Mientras los participantes realizaban sus calentamientos, emitÃa sentencias que nadie comprendÃa. Un galgo lo observaba atentamente. Por megafonÃa anunciaron que las mascotas no estaban permitidas. El extraño corredor maldijo a aquel “bachiller†vociferante, que pretendÃa separarlo de su chucho. La salida le pilló desprevenido. Logró recomponerse, y encabezando la carrera, extrajo de algún lugar de su extraña indumentaria una lanza, con la que retaba a gigantes y hechiceros. Un tropezón fatal acabó derribándolo contra el asfalto, siendo pisoteado por una avalancha de corredores, que no pudieron sortearlo a tiempo. Finalizada la prueba, un rechoncho asistente ayudó al maltrecho corredor a levantarse.
― ¡Me retiro, fiel amigo!
― “Tranquilo, mi señor, hasta la muerte, todo es vidaâ€, sentenció completamente convencido.