Para semejante ejercito romano, equipados con licras en vez de armaduras de hierro, la guerra contra la peste a la que pronto le encontré nombre, vislumbró una parodia total de la historia legionaria. Fue un balazo el que marcó el hincapié de la guerra, el fuego surcó a través del bellÃsimo cielo celeste y violeta, un temblor apabullante sacudió al suelo en el Paseo de San Vicente. Para estremecimiento de los espectadores, en el Puente Romano los soldados… ¡corrijo!, los atletas, hicieron más notoria su enfermedad: una transparencia aromáticamente nauseabunda que les escurrÃa por la piel (después la llamaron sudor o algo asÃ); y en la Plaza Mayor, luego de contemplar los pies que revoloteaban sobre la ceniza de las calles, asimilé la fatÃdica peste, cuyos portadores eran estos vigorosos soldados, o atletas, o como se les quiera nombrar…pues sufrÃan definitivamente de ¡Hambre de Victoria!