Me pidió que fuera con él si querÃa saber cómo era el tacto de la piel del diablo. Yo entonces tenÃa dieciséis y odiaba a mi padre porque habÃa engañado a mi madre y se habÃan divorciado. A pesar de eso, le acompañé hasta el final de la playa en donde una pintarroja muerta agrupaba un corro de gente a su alrededor. Me tomó de la mano e hizo que frotara mi palma contra el lomo del animal. No tenÃa el cuerpo resbaladizo de otros peces, sino un roce áspero, como de lija. Me explicó no sé qué de pequeños dientes en lugar de escamas. Sentà miedo y rabia, por haberle hecho caso y haberle acompañado, como si fuera una niña pequeña. Un año después, mi padre murió. Desde entonces, suelo acordarme de él cuando mi mundo se escurre y añoro la firmeza de una mano que me sujete.