La primera vez que corrÃ, correr de verdad, fue aquél dÃa invernal por mi octavo cumpleaños que se me ocurrió birlar unas chocolatinas en la tienda de Diego. Me pilló escondiéndolas en el bolsillo y saltó por encima del mostrador, con su enorme panza rebosando bajo la camisa, al grito de “como te coja te matoâ€. Yo, que nunca habÃa hecho algo asÃ, de los nervios, en lugar de girar a la izquierda, cuesta abajo, lo hice a la derecha, teniendo que subir la empinada calle a la velocidad que daban mis endebles piernas. Lo pasé tan mal que desde ese dÃa fui corriendo a todas partes, por si volvÃa a verme en una de esas…
Y aquà estoy, haciendo mi vigésima San Silvestre, para intentar mejorar mi quinto puesto; mientras, en Meta, esperan las personas importantes: Diego, su hija —que es mi mujer—, y nuestra pequeña Alba.