Cuando sentà que las piernas me flaqueaban invoqué por primera vez al mismÃsimo San Silvestre Salmantina. Mi cuerpo era una hoguera que se avivaba en cada trote, en medio de esa soledad salvaje que se habÃa desparramado por las calles de esa hermosa ciudad.
Justo cuando uno de esos malditos calambres amenazaba con lanzarme al pavimento y pensaba que los milagros habÃan volado como palomas asustadas, la vi a ella. Ahà estaba ondeando con orgullo su pañuelo de colores en medio de una multitud que le fue encendiendo poco a poco los sonidos a la tarde, mientras me acercaba, por inercia y por principios, a la ansiada meta.