La San Silvestre era todo para su padre desde que los presentaran aquel 30 de Diciembre de 1984, pero justo el dÃa de su trigésimo cuarto aniversario él falleció dejándola plantada, vestida y alborotada. Afligido, esa misma noche, volvió de entre los muertos, colándose en sus sueños, para pedirle que a partir de ese momento cortejara en su nombre a tan enérgica y decidida dama, pues no podÃa permitir que ella sintiera su ausencia como sinónimo de indiferencia. Y Hugo, sin forma ni condición, aceptó de corazón, buscando enseguida al mejor instructor. Resultaba duro ponerse las deportivas después de un largo dÃa de trabajo, mas no podÃa fallarle a su héroe.
Sin apenas darse cuenta el dÃa de la carrera llegó y ella, agradecida, le premió tan noble gesto guiándole hasta el ángel con el que compartirÃa su vida, exactamente cómo hizo con su padre treinta y cinco años atrás.