Aquel año, la San Silvestre era su promesa, pues ya había corrido treinta y tantas veces. Yo temía que el asfalto nos diera su última lección. Cuando mi abuelo y yo salimos de San Antonio, percibí cómo las baldosas de la ciudad latían bajo sus pies, marcando el ritmo de su corazón cansado.
En Canalejas, lo vi flaquear.
— Sigue, mi niña — me dijo.
Pero mi paso lento por Mirat y Zamora expresó mi amor más profundo. Atravesando la Plaza Mayor, escuché en el aire el eco de cada aplauso que había recibido.
Al pisar el Puente Romano, la niebla del Tormes dibujó su silueta. Lo acompañé, y sentí cómo la memoria detenía a los atletas en Comuneros, que formaron un arco de honor, dos muros de silencio. Cruzamos la meta mientras la sombra de la Catedral se inclinaba sobre nosotros. El respeto, ese día, fue el ganador absoluto en Salamanca.