—Lázaro, Lázaro ¿dónde estás? Apresúrate que ya se les oye ¡Acércame al verraco, pillastre!
—Ehh… entenderá mi amo que no tengo especial querencia por llegarme al susodicho.
—No seas rencoroso, que esa agua ya no mueve molino. San Silvestre nos ha convertido en estatuas vivientes el dÃa de su carrera y por fin, después de tantos años, podemos animar a nuestros esforzados paisanos a pie de puente.
—Déjeme decirle a vuestra merced que no alcanzo a entender a estas gentes que corren por afición, sin huir de algún peligro.
—Has de saber buen Lázaro que el peligro es quedarse quieto, que la diversión es su motor y el afán de superación su guÃa, algo de lo que todos deberÃamos empaparnos como si el Tormes anegara de buenos propósitos nuestro ánimo.
—¡Sea pues, mi amo! ¡Me ha abierto los ojos, acudamos presto a honrar a estos titanes!