Entonces lo comprendió.
HabÃa trastabillado a mitad de carrera y el dolor que sintió al doblarse el tobillo se hizo casi insoportable en el kilómetro treinta y cinco. Miraba el cronómetro y los ojos se le aguaban. Intentó centrarse en la bonita imagen que conformaba la niebla sobre la catedral, pero los continuos adelantamientos lo devolvÃan a la realidad. Su intención de lograr una meritoria posición dentro de la categorÃa de veteranos se alejaba a pasos agigantados. ¡Qué pésimo broche para su carrera! Rebasaba en más de una hora el tiempo previsto, pero no abandonó. Aunque fuera a rastras, estaba decidido a terminar la última competición de su vida. Y lo logró.
Llegó el último.
Y entonces lo comprendió.
Como siempre, junto a la lÃnea de meta, vio a su mujer, aplaudiendo, animando, sonriendo, orgullosa…
Asà habÃa sido siempre, aunque él hubiese necesitado décadas en percatarse de ello.