HabÃa trastabillado al comenzar la san silvestre y el dolor que sintió en el tobillo se hizo casi insoportable a mitad del recorrido. Miraba el cronómetro y los ojos se le aguaban. Intentó centrarse en la bonita imagen que conformaba la niebla sobre el Tormes, pero los continuos adelantamientos lo devolvÃan a la realidad. Su intención de lograr una meritoria posición dentro de la categorÃa de veteranos se alejaba. ¡Qué pésimo broche para toda una carrera dedicada al atletismo! Rebasaba en más de una hora el tiempo previsto, pero no abandonó. Aunque fuera a rastras, estaba decidido a terminar la última competición de su vida. Y lo logró.
Llegó el último.
Y entonces lo comprendió.
Como siempre, junto a la lÃnea de meta, vio a su mujer, aplaudiendo, animando, sonriendo, orgullosa…
Asà habÃa sido siempre, aunque él hubiese necesitado décadas para percatarse de ello.