27 DE DICIEMBRE DE 2026

Corrí mi primera San Silvestre cuando aún creía que el tiempo era una línea recta.
El corazón golpeaba como un tambor, y el frío de diciembre no alcanzaba a detener la fiebre de llegar.
Hoy, con casi 50 años, corro de otro modo. No persigo medallas ni marcas; persigo recuerdos.
Veo niños que descubren su primer aliento, veteranos que saludan al pasado con una sonrisa y cada paso que doy es un eco de aquel niño que fui, el que soñaba con romper cintas.
Ahora entiendo: la carrera nunca termina. Empieza cada vez que alguien cruza la meta con esperanza, cada vez que el alma, aunque cansada, vuelve a decir “sí puedo”.
Y cuando llego, no levanto los brazos: levanto la mirada.
Porque correr —lo sé ahora— es aprender a seguir, incluso cuando el cuerpo se detiene.