En sus últimos estertores de muerte Nazario no rogó por la salvación eterna, ni por estar en presencia de Dios. Imploró por un anhelo incumplido, ganar la San Silvestre.
Tras su muerte, aún conserva la conciencia, mas no intenta comprender su nueva realidad, no le importa ni tiene tiempo. Ahora, junto a otros cientos de millones, espera; la competición va a empezar. El gemido de placer es el pistoletazo de salida, y corre en busca de una nueva vida, de otra oportunidad. La meta en forma de ovulo le está esperando. Sus contrincantes, gametos insensatos sin experiencia, dan todo su potencial desde el principio, pero él, curtido en mil carreras salmantinas, guarda fuerzas para el esprint final. Va a ganar, intenta levantar los brazos en plan vencedor, pero no tiene. Eufórico, atraviesa la membrana citoplasmática.
En un rincón de Salamanca el llanto de un niño anuncia su nacimiento.