Cada 31 de diciembre, Salamanca se llena de un nerviosismo alegre. Desde temprano, las calles se llenan de disfraces, gorros rojos y risas que intentan calentar el aire helado. En la plaza Mayor, alguien toca una bocina y todos empiezan a aplaudir. Falta poco para la San Silvestre.
Lucía se coloca los auriculares, aunque sabe que apenas oirá la música entre los ánimos del público. A su lado, un hombre con una capa de Superman estira los brazos. “Hoy no vale rendirse”, le dice sonriendo.
Cuando suena el disparo, el corazón de la ciudad late al mismo ritmo que los pasos. Las cuestas duelen, pero los gritos empujan. Al llegar a la meta, Lucía levanta los brazos, jadeando. No ha ganado, pero no importa. Por un rato, corrió entre la historia, la gente y el brillo cálido de Salamanca.