Ya llegan. Esperamos con la ilusión a que se acerquen. Nos colocamos a un lado de la mesa repleta de botellas, tal como está organizado. Tantos dÃas preparándolo y ahora, con mucho nerviosismo, llega la hora. La señora Luisa me tranquiliza. Lo principal, no molestar, me dice, van cansados y cualquier obstáculo puede hacerles caer. Y mientras tiende con sus arrugadas manos las botellas a los corredores, aprovecha para saludarles. Porque la señora Luisa hace décadas que está aquÃ, de voluntaria en la San Silvestre. El paso del tiempo se refleja en los corredores y la señora Luisa, que los conoce bien, me cuenta cómo han ido cambiado sus vidas, cómo se les va notando el paso del tiempo… Y sonrÃe cuando ve que nuevas generaciones corren juntas. Pocos saben su nombre, pero todos se alegran de volver a verla.