Solo el eco de mis pasos quebraba el silencio de la noche salmantina. No corría entre la multitud, sino de la cosa que jadeaba a mis talones. La sentía: un frío voraz que absorbía el calor de mi espalda, un hedor a tierra de cripta y naranja que se adhería a mi nuca. Las farolas se extinguían a mi paso, sumiéndome en una oscuridad perpetua.
Mis pulmones ardían. Ella se acercaba, y su jadeo se fundía con el mío.
Alcanzamos la Plaza Mayor. Me volví, sin aliento. Bajo la luz lúgubre, la vi: una calavera con una sonrisa eterna. O quizás solo era mi propio rostro, demacrado y cadavérico, reflejado en un cristal.
Su mano huesuda no se posó sobre mi hombro, sino dentro de él, y arrancó de cuajo lo que una vez fue mi alma.