Cada año, Faustino regresaba a la San Silvestre Salmantina. En vida, nunca habÃa logrado terminarla: una torcedura, un calambre, una lluvia torrencial… siempre algo. Pero ahora, como fantasma tenaz, podÃa correr sin cansarse. Ese año se cumplÃa el XL aniversario y se propuso el mayor reto de su vida, bueno, en realidad de su muerte: ganarla. Atravesó muros, atajó por calles que no estaban en el recorrido, esquivó corredores y, finalmente, llegó el primero. Triunfante y olvidando su etérea condición, se quedó esperando los aplausos, las fotos, el reconocimiento que nunca tuvo en vida. Pero nadie notó su presencia. Aunque era un espectro, sintió un escalofrÃo de vergüenza, porque habÃa hecho trampas. Arrepentido pensó: «El próximo año seré honesto… y con suerte, quizá haya algún médium entre el público, que valore mi esfuerzo». Y se fue corriendo como alma en pena.