Su ilusión traspasa la capa freática de mis emociones. Me hundo, pero intento disimularlo. Le enseño el dorsal, las zapatillas, la camiseta con la que siempre corría y que hoy usaré yo. Hace un año, los dos estábamos pletóricos, deseando salir. Intento en vano borrar la imagen atlética de mi hermana en mi memoria, llena de fotogramas indelebles. La pena me paraliza. Ella se da cuenta y se acerca; coge mi mano para tranquilizarme, sonríe y, con un ademán pausado, me enseña el reloj. Es la hora.
Acerco su silla de ruedas al balcón, descorro las cortinas y, antes de salir, chocamos las palmas de nuestras manos. “Suerte”-musita-.
Corro impulsado por la promesa que le hice de seguir corriendo.
Miro al cielo, sigo la trayectoria del vuelo de una golondrina y apresuro mi marcha. Pienso en ella, sonrío, y me invade la certeza de que lo conseguiré.