Ella era atleta profesional. En su paÃs, los bebés que reunÃan condiciones genéticas para alguna especialidad atlética, eran entrenados duramente desde la infancia. En su caso, triple salto. El problema de tal especialización era el casi nulo desarrollo de otras disciplinas.
Se habÃa trasladado a Salamanca este año. Y la convencieron para correr la San Silvestre. Comenzó la carrera y, tras quince pasos de aceleración, se impulsó para efectuar los tres saltos de marras. Aterrizó en el duro y frÃo asfalto; unos rasguños, pero tenÃa afán de superación. Se levantó y, de nuevo, procedió con la rutina. Más de doscientas repeticiones después, consiguió atravesar la lÃnea de meta. El atronador aplauso del público compensó con creces el dolor de su cuerpo, desollado tras tantos intentos.
Estaba tan eufórica, que recomendarÃa la experiencia para el año siguiente a sus mejores amigos compatriotas: Mirun, discóbolo y Sargiil, saltador de pértiga.