La trocha
Mariela se habÃa cansado del paÃs, de la gente, de la desesperanza, de una pensión que no alcanzaba ni para volverse viciosa. Con los pocos dólares guardados entre los genitales, lo suficiente para vivir dos semanas, esperaba al trochero que la pasarÃa al otro lado. Se subió rápidamente; la decisión estaba tomada, lo abandonaba todo. Nerviosa esperaba que ningún guardia o paramilitar los detuviera y los robara o matara. Salir de aquel paÃs era como huir de una prisión.
Cuando llegó a Colombia, sintió miedo: ¿ahora qué harÃa, vivirÃa en un hotel, hablarÃa con otro acento, trabajarÃa de limpiadora? ¿Qué harÃa con esa libertad infinita que se abrÃa ante su mirada? HabÃa logrado lo que tantos venezolanos querÃan: migrar, sin embargo, una especie de angustia la poseyó. Era vieja, sola y con una libertad demasiado grande para cualquier migrante pobre en el mundo.