27 DE DICIEMBRE DE 2026

La trocha
Mariela se había cansado del país, de la gente, de la desesperanza, de una pensión que no alcanzaba ni para volverse viciosa. Con los pocos dólares guardados entre los genitales, lo suficiente para vivir dos semanas, esperaba al trochero que la pasaría al otro lado. Se subió rápidamente; la decisión estaba tomada, lo abandonaba todo. Nerviosa esperaba que ningún guardia o paramilitar los detuviera y los robara o matara. Salir de aquel país era como huir de una prisión.
Cuando llegó a Colombia, sintió miedo: ¿ahora qué haría, viviría en un hotel, hablaría con otro acento, trabajaría de limpiadora? ¿Qué haría con esa libertad infinita que se abría ante su mirada? Había logrado lo que tantos venezolanos querían: migrar, sin embargo, una especie de angustia la poseyó. Era vieja, sola y con una libertad demasiado grande para cualquier migrante pobre en el mundo.