Era 28 de diciembre y hacía frío en el Paseo de San Antonio. Miles de corredores nos preparábamos para la última carrera del año. Porque la San Silvestre era un simulacro de cómo queríamos vivir el año, era la forma de decir que no íbamos a rendirnos, que seguiríamos corriendo aunque estuviésemos cansados, aunque hiciese frío. Que teníamos una meta y corríamos hacia esa meta. Que no corríamos sin rumbo, vagando hacia ninguna parte. Que teníamos voluntad para conseguir lo que nos proponíamos. Que estábamos dispuestos a terminar el año como acabábamos la carrera, en ese glorioso momento de la entrada en meta: cansados pero contentos.
Porque correr tiene mucho de sacrificio, de coraje, de renuncia a la comodidad. No es para los que a la primera dificultad abandonan. Se acercaba el momento de la salida. La emoción se palpaba en el ambiente. Respiré hondo y sonreí. Sonó el pistoletazo.