Desde hace seis años corro sola, aunque cada zancada sigue siendo nuestra. La primera San Silvestre la hicimos juntas, riéndonos de lo poco que habíamos entrenado, jurando que el próximo año llegaríamos antes. Y así fue: cada diciembre un minuto menos, cada meta un abrazo más. Decíamos que esta carrera era como nosotras: breve, intensa y llena de gente que no entendía del todo qué hacíamos ahí, pero sin poder apartar la mirada.
Ahora, cuando paso por la curva donde siempre gritabas mi nombre, lo escucho igual. Cuando cruzo la meta, levanto los brazos como lo hacías tú. Corro porque en cada paso está la memoria de lo que fuimos, porque detenerme sería olvidarte. Y porque, cuando todo termina y el cuerpo tiembla por el esfuerzo, sé que el ritual no está completo hasta que, con las manos todavía sudadas, dejo la medalla en tu tumba.