El frio de diciembre endurecia el aire, pero yo solo pensaba en llegar. Las calles de Salamanca estaban llenas de gente animando, con gritos y aplausos que me empujaban más que mis propias piernas. Sentía los pulmones arder y los músculos pesar como piedras, pero no podía rendirme.
Mi padre había corrido cada San Silvestre hasta que la enfermedad lo dejó en casa. Este año me pidió que lo hiciera por él. Cada paso que daba era también suyo. Recordé sus consejos, sus entrenamientos y su sonrisa cuando cruzaba la meta.
Al pasar por el puente romano, me pareció escuchar su voz; «No pare, sigue adelante». Y seguí,aunque me faltaba el aire. La meta estaba cerca, y entendí que no corría por un tiempo ni por un premio, sino por cumplir una promesa sagrada.
Crucé la línea final agotada, pero con el corazón lleno. Aquella zancada fue también suya.