El reloj marcaba las doce menos diez cuando cruzó el Puente Romano. Salamanca brillaba bajo el aliento helado de diciembre y las campanas parecían acompañar cada uno de sus pasos. Corría como si el tiempo lo persiguiera, aunque en realidad corría para alcanzarlo.
Su nieta lo esperaba en la meta, con un dorsal dibujado a rotulador y una sonrisa de domingo. “Abuelo, ¿a que esta vez ganas tú?”. Él asintió, sin aire, con los ojos húmedos.
Cuando dobló la última esquina, escuchó el rugido de la gente. Entonces recordó a su hermano, aquel con quien corrió la primera San Silvestre cuarenta años atrás, y sintió que volvía a tener veinte.
Cruzó la meta, exhausto y feliz. No ganó la carrera, pero llegó el primero al abrazo que más importaba.