27 DE DICIEMBRE DE 2026

El corazón batía el pecho con fuerza. Sus latidos de tambor tribal proyectaban la sangre que rehenchía las venas. Los pulmones bombeaban aire como una locomotora. Cada pensamiento se hacía músculo. La cabeza, erguida. La mirada, al frente. Las piernas avanzaban una y otra vez, incombustibles. La mente restaba pasos al recorrido de esa carrera, la suya, la San Silvestre Salmantina, aguardada con expectación cada mes de diciembre, que ese año cumplía treinta y siete ediciones, y la pandemia volvía solidaria y virtual. No había otros alientos alrededor, otros corazones, otros pulmones. No había aplausos ni vítores. Correr a solas, como en un entrenamiento, hacía difícil sentir el peso de la competición. Pero había un aliciente nuevo: comprender que la verdadera meta no era ganar, sino compartir el esfuerzo de la carrera, en el camino hacia esa línea de llegada que aguardaba a todos por igual: la muerte.