El corazón batÃa el pecho con fuerza. Sus latidos de tambor tribal proyectaban la sangre que rehenchÃa las venas. Los pulmones bombeaban aire como una locomotora. Cada pensamiento se hacÃa músculo. La cabeza, erguida. La mirada, al frente. Las piernas avanzaban una y otra vez, incombustibles. La mente restaba pasos al recorrido de esa carrera, la suya, la San Silvestre Salmantina, aguardada con expectación cada mes de diciembre, que ese año cumplÃa treinta y siete ediciones, y la pandemia volvÃa solidaria y virtual. No habÃa otros alientos alrededor, otros corazones, otros pulmones. No habÃa aplausos ni vÃtores. Correr a solas, como en un entrenamiento, hacÃa difÃcil sentir el peso de la competición. Pero habÃa un aliciente nuevo: comprender que la verdadera meta no era ganar, sino compartir el esfuerzo de la carrera, en el camino hacia esa lÃnea de llegada que aguardaba a todos por igual: la muerte.