Con paso apresurado se dirigió a su habitación y en pocos minutos todo tipo de prendas colgaban de roperos improvisados.
No era precisamente conocida por su autodominio, pero, en esta ocasión, hasta ella misma se dio cuenta de su delirante comportamiento. La impotencia se adueñó de su ser. La desazón llegó acompañada de la pena y ésta de las lágrimas. Lágrimas que nublaron la figura materna.
-Venga, hija, levántate y recuerda dónde la guardaste por última vez. Antes de que la vida se interrumpiera y tus pies dejaran de volar.
Abrió el tercer cajón y allà estaba: su desgastada y mágica camiseta de las competiciones.
Se prometió a sà misma recuperar el espÃritu de superación que la inundaba tras cada carrera y la humildad con la que sus padres vestÃan sus triunfos.
Dio un beso al retrato de su madre y, añorando su presencia, corrió a inscribirse en la Sansil