Muchos años antes de leer a Gil de Biedma, Ahmed ya sabÃa que la vida iba en serio. CorrÃa descalzo por los campos, a las afueras de su aldea. CorrÃa para correr, tal vez un dÃa, en los Juegos OlÃmpicos. CorrÃa para escapar de la hambruna y de la guerra civil. Fue uno de tantos niños perdidos del Sudán; uno de los privilegiados que acabó en un campo de refugiados, en Kenia.
Luego llegaron la adopción, sus padres y hermanos españoles, la pasión por el Barça y el medio fondo, las tardes entrenando en La Aldehuela y los estudios de Magisterio. Se le quedó grabado aquello de que para educar a un niño hace falta la tribu entera.
No ha entrado entre los primeros, pero a los que le conocemos bien no nos ha extrañado que, al cruzar la meta, en el Paseo de san Antonio, haya levantado los brazos.