27 DE DICIEMBRE DE 2026

Me encomendé a San Silvestre antes de comenzar la carrera. Besé mi dorsal. Te miré. Me miraste y, de improviso, sinuosas montañas blanquearon sus cimas. Pero no eran nieves, sino los claroscuros de Plaza de España. Tampoco volaban grullas, aunque algo mágico agitó el aire cuando en Esperabé rocé tu mano y todo se precipitó… Te pedí matrimonio en la Charrería. Dijiste que sí. Nos besamos en Balmes. Tuvimos una preciosa hija. Se hizo escritora. Nos dio dos nietos. El pequeño, músico. Para nuestro aniversario compuso Veracruz, una hermosa sonata. La mayor, arquitecta. Construyó una casa en Comuneros. Como soñábamos. Me sonreíste con picardía en Cuatro Caminos, segundos antes de que una inoportuna zancadilla me hiciera trastabillar frente a la meta. Te vi alejarte entre ovaciones y flashes; sin volver la cara; abrazada a un tipo que, de rodillas y con una estúpida banda de música, acababa de pedirte matrimonio.