CorrÃa a no poder más, sentÃa que mis piernas se quebraban y mi corazón explotaba. Con mi vista borrosa vi el puente Romano acercarse y las catedrales alentarme, pero también noté a este desconocido competidor esforzándose al máximo por hacer suya mi gloria, y recé, pedà a Dios como nunca lo hice, a pesar de que tuve en mi vida momentos más propicios para rogarle. Y fue entonces que recordé las palabras de mi difunta madre susurrarme al oÃdo: “cuando ya no puedas correr, entonces vuelaâ€. Me lo dijo cuando tenÃa siete años, al preguntarle cómo harÃa para jugar a las pilladitas si mi fractura en el tobillo no sanaba.
Estremecido vi la anhelada cinta, y en ella una curva en mi desdichada vida, y no pude más que volar…
Fue mi primer y último trofeo, pero lo más valioso fue oÃrla de nuevo, algo que jamás olvidaré.