27 DE DICIEMBRE DE 2026

Mi abuelo me llevó de niño a ver la San Silvestre. Señaló las torres de la catedral y dijo: “Corre la ciudad entera”. Años después, cuando me puse el dorsal, entendí sus palabras.

Entre la multitud reconocí figuras imposibles: el caballero del puente avanzando con la armadura gastada, los frailes de piedra deslizándose en silencio, los toros de la catedral inclinando la testuz como si abrieran camino. Corrían entre nosotros con la naturalidad de quienes siempre estuvieron allí.

La Plaza Mayor rugía como coliseo. Piedra y carne latían juntas, y el aire parecía cargado de siglos. Yo apenas respiraba, pero sentía que mi zancada se sumaba a un pulso más grande.

Al cruzar la meta busqué a mi abuelo. No lo vi. Solo percibí, en el gesto inmóvil de una estatua cercana, una leve sonrisa. Y supe que había corrido a mi lado.