No habÃa visto llorar a mi marido hasta el dÃa de la carrera. Sucedió durante la prueba, mucho antes de alcanzar la meta. El llanto de un hombre, por infrecuente, provoca un magnetismo que te acerca a él. Mientras sus zancadas buscaban regresar al Paseo de San Antonio —“Tengo que lograrloâ€, me habÃa prometido— su mirada se iba inundando. Al paso por la Plaza Mayor sus ojos desprendÃan añoranza. Si le preguntas a un experto qué te hace conmoverte contemplando una obra de arte, acertará si asegura que se aproxima a la pérdida de un hijo.
Al reencontrarnos me percaté de que por sus mejillas se deslizaban dos hilillos de lágrimas. Dudé entre besarle, abrazarle o esperar. Nunca se está preparada para afrontar estas situaciones. Caminamos hacia casa en silencio, cogidos de la mano. “Le hubiera encantado verte correrâ€, dije rompiendo el sigilo. Desde entonces no ha vuelto a llorar.