27 DE DICIEMBRE DE 2026

No había visto llorar a mi marido hasta el día de la carrera. Sucedió durante la prueba, mucho antes de alcanzar la meta. El llanto de un hombre, por infrecuente, provoca un magnetismo que te acerca a él. Mientras sus zancadas buscaban regresar al Paseo de San Antonio —“Tengo que lograrlo”, me había prometido— su mirada se iba inundando. Al paso por la Plaza Mayor sus ojos desprendían añoranza. Si le preguntas a un experto qué te hace conmoverte contemplando una obra de arte, acertará si asegura que se aproxima a la pérdida de un hijo.
Al reencontrarnos me percaté de que por sus mejillas se deslizaban dos hilillos de lágrimas. Dudé entre besarle, abrazarle o esperar. Nunca se está preparada para afrontar estas situaciones. Caminamos hacia casa en silencio, cogidos de la mano. “Le hubiera encantado verte correr”, dije rompiendo el sigilo. Desde entonces no ha vuelto a llorar.