Lo habÃa intentado todo durante varias ediciones. Tomarse un vaso de noventaiocho, en ayunas, justo antes de la carrera. Seguir el ritmo a dos constructores que corrÃan convencidos de que al ganador le concederÃan una recalificación de terrenos. Correr detrás de un equipo de campeonas de atletismo y delante de otro de policÃas. Incluso habÃa llegado a entrenar. Pero nada. No habÃa forma de ganar la San Silvestre.
Lo daba todo por perdido cuando, a quince dÃas de celebrarse la carrera, se enteró de la noticia. La organización habÃa decidido cambiar el punto de salida. En esta edición estarÃa a diez metros escasos de la casa de su jefe. Ya solo le quedaba decirles a su mujer y a su hija que le esperasen en la meta para celebrarlo. El resto serÃa dejar atrás las cosas que siempre habÃa odiado y acercarse cuanto antes a las que más querÃa.