El frÃo diciembre abrazaba Salamanca, pero el calor de la multitud en la Plaza Mayor era palpable. Entre el bullicio y los cánticos, sus ojos se encontraron. Ella, con el dorsal ondeando al viento, y él, en la lÃnea de meta, cámara en mano. Una mirada, breve pero intensa, que traspasó la distancia y el tiempo. En ese instante, el deporte se convirtió en excusa, la carrera, en un pretexto. La San Silvestre Salmantina, más que una competición, era un puente entre dos corazones. Con cada paso, ella se acercaba a él, con cada disparo fotográfico, él se acercaba a ella. Al cruzar la meta, su sonrisa fue la única medalla que importó. Y asÃ, bajo el cielo estrellado de Salamanca, el amor floreció, tan rápido como el último aliento de aquel año.